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Ir a Página Principal Enguera - Legado Natural
 

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Historia

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Imitación crátera. Necrópolis
de los Campos Gimeno

La historia de Enguera presenta la particularidad de la presencia sobre su territorio de casi todas las grandes civilizaciones que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo en el ámbito de la Península Ibérica.

Prehistoria, Protohistoria e Historia Antigua de Enguera

Al igual que la historia de un pueblo se construye con documentos escritos, vestigios y a veces la tradición, no ocurre lo mismo con la Prehistoria, la carencia de textos escritos y la lejanía en el tiempo, que hace más que imposible la tradición, nos obliga a fundamentar los estudios en los vestigios y restos que la arqueología se encarga de poner en orden, tanto en el espacio como en el tiempo. Las prospecciones arqueológicas, las excavaciones, las memorias de ellas. los trabajos posteriores y las publicaciones son los grandes pilares en los que se van a fundamentar la historia de un pueblo, de una comunidad o de una nación. Por otra parte la Paleontología y la Geología van a ser ciencias imprescindibles para complementar estos estudios.

Para estudiar y reconstruir la Prehistoria de Enguera, sobre todo en los inicios de la humanidad, no hay más remedios que seguir los parámetros de la Prehistoria de España, nos obliga a ello la carencia de datos. La gran sedimentación de tierras, existente en la geografía enguerina, hace que los restos Paleolíticos , si los hubiera, se encuentren a unas profundidades inaccesibles.

Hay que ir con extremada cautela para poder fijar con exactitud cuales son los primeros vestigios arqueológicos de Enguera.

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Existen indicios que nos podrían llevar a fijar unas fechas concluyentes para la aparición de nuestros ancestros, pero para no caer en el equívoco o en una reconstrucción errónea de nuestra prehistoria, diremos que nuestro primer indicador corresponde al período Neolítico (5900-3000 a. de C.), con el redescubrimiento de la pintura rupestre del Charco de la Pregunta. La figura de un ciervo, en un estado aceptable, y la de un arquero, en proceso de desaparición, fueron testigos del pasado.

Del Eneolítico, aparte de los descubrimientos de la década de los sesenta : Campos de Jacinto en la Canaleja. el Santich en Navalón, cueva de la Carrasquilla , coveta Simón, cueva de la Virgen , cueva del Niño, hay que mencionar los sílex encontrados, en las últimas prospecciones realizadas por el arqueólogo Juan José Castellano Castillo, en el barranco de la Cierva (El Puntal) y en los campos de los Carasoles (Navalón), si bien estos materiales también podrían pertenecer a la Edad del Bronce.

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Vaso Ibérico del Cerro de
Lucena

Es en la Edad de los Metales y dentro de ella en la Edad del Bronce, donde Enguera tiene más y mejores aportaciones. Si consideramos la gran representatividad que tiene el bronce valenciano en la reconstrucción de la prehistoria de España y tenemos en cuenta que Enguera aporta más de una treintena de estos yacimientos es fácil deducir el papel que juega nuestro municipio en esta época.

Estos hábitat situados en la cumbre de altozanos inexpugnables son lugares de ocultamiento, más que de defensa, habitualmente son ocupados por un grupo familiar, con una economía basada en la agricultura y el pastoreo, que servirán, para alimentar al grupo.

Claro ejemplo de ello lo tenemos en los yacimientos del bronce enguerino como: La Peña del Tossal, el Altico Redondo, Jácara I y II. Los Castillet de Navalón y un largo etc. Mención especial hay que tener con los yacimiento del Alto de la Víbora II de una belleza singular o el Cerro del Castillarejo, único hábitat excavado, de esta época, en Enguera, con la aportación de dos grandes urnas y tres cuencos, conviene reseñar, en cuanto a este yacimiento, la proximidad de la Cueva de los Muertos, de las Calaveras, de las Maravillas o de Enguera (de las cuatro formas se llama) fue, con un alto grado de probabilidades, el lugar de enterramiento del poblado del Castillarejo, cueva investigada por el geólogo, paleontólogo y prehistoriador valenciano Vilanova y Piera en el año 1.875, quien, si bien constató la presencia de restos humanos, hachas y puntas de flecha; no hizo una datación adecuada al fijarlos en la época Eneolítica, ya que la presencia de una de las hachas, que era de metal, nos está reafirmando su datación en la de la Edad del Bronce, época a la que, por otra parte, pertenece el poblado del Castillarejo. Por último y sobresaliendo sobre el resto, no se puede pasar por alto, el yacimiento del Cerro de los Bujes, cercano a Navalón, entre el barranco de las Escarchas y el de Benacancil, es sin duda alguna, y con mucho, el mayor de todos los yacimientos del bronce; la gran cantidad de casas y la presencia de, al menos, dos calles, nos habla de un urbanismo definido y de un reducto con una cantidad de población importante, la presencia de restos cerámicos y líticos, son indicativos, por otra parte, de la importancia de este yacimiento.

Las últimas prospecciones, excavaciones y estudios de los Servicios Arqueológicos Municipales, nos permiten, con un alto grado de aproximación, reconstruir el nacimiento de la historia de nuestro entorno, con ello se va a dar paso a la llamada Cultura íbera.

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Una vez centrados los orígenes de la cultura íbera en el espacio y en el tiempo y dejando aparte las evoluciones históricas que podemos encontrar en cualquier buen tratado, nos centraremos especialmente en nuestro pueblo.

Al igual que la situación geográfica de la Comunidad Valenciana , le hace ser una zona limítrofe de las influencias culturales de los Campos de Urnas, de los Cógotas de la Meseta y del Bronce Final Andaluz primero y de los griegos y tartésico- fenicios después, de la misma forma, y en mayor grado, le ocurriría a la zona de Enguera.

Rodeada por los edetanos, situados en la zona Centro- norte de Valencia, los contestanos, en la zona sur y los Olcades en las provincias de Cuenca y Albacete, hace que la pertenencia al pueblo contestano quede influenciada por la cultura de los pueblos colindantes.

Tradicionalmente se ha asegurado que dada la proximidad a Saiti, posteriormente Saetabis (Játiva) y dado su carácter de capitalidad de la Contestania , foco comercial de gran importancia, como lo demuestra la acuñación de moneda propia, la zona comarcal de la Canal y Enguera estaban bajo la influencia de Saiti, contribuía a ello la carencia de grandes focos de población, ya que el poblado con más densidad era el de Cerro Lucena y su extensión se fijaba en poco más de media hectárea. A día de hoy los recientes trabajos del Servicio de Investigación Arqueológico Municipal nos permite matizar esta situación: debido a los últimos trabajos arqueológicos realizados en Cerro Lucena, se puede decir, con toda garantía, que la extensión del poblado es superior a seis hectáreas, lo cual arroja una extensión y una densidad de población de doce veces superior a lo que en principio se pensaba. Por otra parte la aparición y el estudio del camino íbero que atraviesa Enguera, pasando por Cerro Lucena (Fraga, Azagador, Cañada Molina I y Cañada Molina II), para llegar a Castellar de Meca (Almansa/ Ayora) hace pensar en demasiado camino y kilómetros para pasar por terrenos que no cuente con un núcleo de población importante. Este núcleo es sin duda alguna Cerro Lucena, gran dominador visual de todo el valle de Enguera y de la Canal de Navarrés.

Alrededor de esta gran ciudad, al igual que ocurre con todas las de estas características, surgen otros poblados dedicados a la explotación y control del entorno, como son: Toñuna, Vista Bella, Las Archemas, Alto del Collado, El Cardero, Casas de Lloret, El Tejarico, La Guarañonera , Alto el Gatillo, La Isla , Campos de Gimeno, Campos de la Gitana , Rincón de Albarra, etc, etc, etc.

Estos nuevos poblados, son a su vez rodeados por otros de menos importancia y así de esta forma establecer un orden concéntrico que sirve para una buena defensa, muy necesaria en esta época de invasiones, y sobre todo para establecer unos medios de comunicación visuales que transmitiría las noticias en varios kilómetros de una forma rápida y eficaz. Motivo que explicaría la gran cantidad de poblados ubicados en nuestra zona.

La mayoría de los hábitat suelen tener una larga cronología, abarcando desde las primeras épocas íberas hasta bien entrada la romanización, pudiendo asegurar que esta a falta de excavaciones, se llevó a cabo de una forma pacífica, ya que no se observan indicios de luchas, ni poblados pasados por el fuego, que era lo que normalmente ocurría. No se tiene constancia de que las invasiones cartaginesas influyesen de forma alguna, hecho que si ocurrió en los poblados situados a lo largo de la vía Heraclea/ Augusta, como es el caso de La Bastida , La Muela de Torró o el Frare.

Como hemos dicho la Romanización se llevó a cabo, posiblemente, de una forma pacífica, ello hace que los yacimientos iniciales romanos, se encuentren, la mayoría de las veces, ubicados en los mismos hábitat íberos, tal es el caso el de Toñuna, Vistabella, Los Corrales , Rincón de Albarra, Las Archemas, Alto del Gatillo, o el mismo Cerro Lucena, si bien poco después ocuparían el llano, jalonando el entorno con Villas romanas. Avanzando la romanización surgen otros poblados donde se pierden por completo los vestigios íberos, tal es el caso de los poblados de la Fuente de la Garrofereta (Faracuat), La Casa de la Horma (Navalón) El Losar (Poblado y Necrópolis), El Pelao, La Casa el Balcón.

Servicio Arqueológico Municipal

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De la época visigoda el servicio arqueológico municipal señala la aparición de algunos vestigios en las excavaciones realizadas en las últimas campañas.

La época siguiente, la islámica, de cinco siglos de intensa dominación (siglos VIII-XIII), marcó profundamente el devenir histórico de Enguera en diversos aspectos (ubicación del casco histórico actual, toponimia) entre los que destaca el cultural reflejado en la celebración de las fiestas de moros y cristianos hasta la primera mitad del siglo XX.

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Restos del Castillo Musulmán (s. XI)

También se debe hacer hincapié en que durante este período, la villa tuvo un momento de efímero esplendor en el siglo XII en el que, en virtud de de una de las divisiones administrativas aprobada en los reinos de Taifas, fue convertida en cabeza de un iqlim o distrito comarcal que incluía también Xàtiva, Alzira y Denia ya que el castillo de Enguera ocupaba una posición clave dentro del dispositivo estratégico-militar de la zona sureste de la taifa valenciana.

En lo que hace referencia a cómo estaba distribuida sobre el territorio enguerino la población de la época islámica se apunta a la existencia del castillo (de finales del siglo XI o principios del XII), de un núcleo urbano formado por seis de las actuales calles (Niño Jesús, Moncada, Divina pastora, San Juan,Garnelo Alda y del remedio) y de una serie de caseríos representando el hábitat disperso, que han perdurado a lo largo del tiempo en la toponimia de lugares como Albalat, Benamil, Benali, Benamil, Benalaz, Benicaez, Benacantil, Benifalda, etc.

A mediados del siglo XIII se produjo un acontecimiento de especial relevancia al pasar de la dominación islámica a la cristiana, que constituyó desde entonces un basamento esencial para entender la Enguera actual.

Las circunstancias en las que este hecho ocurrió tienen que ver con los conflictos planteados desde el siglo XI por la delimitación de las respectivas áreas de conquista a costa del islam entre los dos principales estados cristianos de la península, la Corona de Castilla y la Corona de Aragón, que intentaron impedirlos mediante la firma de los tratados fronterizos de Tudilén (1151) y Cazorla (1179).

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En 1244, el infante de Castilla, don Alfonso, hijo de Fernando III el Santo, futuro Alfonso X el sabio y yerno del rey Jaime I de la Corona de Aragón, argumentando que su suegro no había satisfecho la dote de su esposa (Violante de Aragón), incumplió los tratados de Tudilén y Cazola al apoderarse de Xàtiva, Moixent y Enguera, a lo que Jaime I replicó ocupando de Villena, Caudete y Sax, con lo que la situación militar y política amenazó con devenir en conflicto armado entre Castilla y Aragón, lo que fue evitado gracias a la mediación de la esposa de Jaime I, Violante de Hungría, y del Maestre de la Orden Militar de santiago de Uclés, Fray Pelayo Pérez de Correa, que consiguieron la celebración de un encuentro entre ambas partes en Campo de Mirra en el que se acordó el tratado de Almizra (26 de marzo de 1244) por el que Enguera quedó definitivamente integrada en los territorios de la Corona de Aragón, dentro de los cuales formaría parte de los que desde 1261 se convirtieron en el Reino de Valencia.

El día antes de firmar el tratado de Almizra, es decir, el 25 de marzo de 1244, el rey Jaime I cedió la villa y el castillo de Enguera a la Orden Militar de Santiago de Uclés, que organizó su administración y repoblación, no desde Castilla, sino desde su encomienda de Montalbán en la Corona de Aragón, lo que lo que permite aclarar la cuestión de la repoblación que al provenir mayoritariamente de Aragón explica por qué se habla un castellano con influencias aragonesas, mientras que la llamada parla enguerina sería resultado de repoblaciones posteriores y del hecho de ser zona limítrofe con áreas valencianoparlantes como Xàtiva y Montesa.

Durante los siguientes 340 años los frailes de la Orden de Santiago determinaron la vida local hasta que Felipe II, agobiado por las deudas que le ocasionaba su política exterior de búsqueda de la supremacía en Europa y necesitado de dinero, procedió a la venta de la villa y su término municipal (menos la Redonda y la Contraredonda que quedaron para uso de los vecinos) a Bernabé de Borja, lo que vinculó a Enguera desde entonces y durante el siglo XVII a una de las familias de la nobleza valenciana de mayor relevancia, rango que alcanzó gracias a la proyección internacional lograda por el hecho de que dos de sus preclaros miembros se convirtieron en Papas, Calixto III y Alejandro VI.

En 1606 las autoridades locales, el justicia y los jurados de la Villa, aprobaron las ordenanzas para la fabricación de paños de lana, una actividad que en el siglo siguiente alcanzaría un notable desarrollo.

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La expulsión de los moriscos valencianos, ordenada por Felipe III en 1609, no repercutió inicialmente de forma negativa en el número de pobladores de la villa ya que predominaban en ella los cristianos viejos. No obstante, unos años después se produjo una reducción del número de vecinos desde los 410 del año de la expulsión de los moriscos a los 331 de 1646, hecho que cabe atribuirr a que los pueblos de la Canal de Navarrés en los que sí había un alto número de moriscos fueron repoblados con población originaria de Enguera.

El siglo XVII, en plena Contrarreforma Católica, es el de las grandes construcciones religiosas a nivel local ya que se concluyeron o iniciaron obras tan significativas como la Iglesia parroquial de San Miguel Arcángel y el Convento de San José y Santa Ana, de la Orden de los Carmelitas Descalzos.

Los inicios del del siglo XVIII no pudieron ser más desalentadores por cuanto que coincidieron con la Guerra de Sucesión a la Corona Española (1700-1714), que tuvo consecuencias bastante negativas para la villa tanto en los aspectos demográficos (epidemias) como por el trato desfavorable recibido del triunfador en el conflicto, el nuevo rey Felipe V de Borbón, quién, al saber que los enguerinos no le apoyaron en sus pretensiones al trono, ordenó que se anotasen las tierras de todos los vecinos que habían apoyado a su enemigo, el archiduque Carlos de Austria, y se les prohibiese disponer de ellas durante 10 años.

La negativa coyuntura económica y demográfica con la que arrancó el siglo XVIII se fue atenuando por efecto de disposiciones adoptadas por los sucesivos Señores de la villa para su mejora y progreso, tal y como ocurrió cuando en 1702 el Conde de Cervellón mandó construir un lavadero de lanas aprovechando las aguas del río o en 1739 el Conde de Puñonrostro consiguió de Fernando VI una Real Cédula que permitió a los comerciantes enguerinos extenderse por todo el reino.

A diferencia de lo que se pudiera pensar en primera instancia, el fuerte terremoto de 1748 no paralizó la vida local, ya que los enguerinos se volcaron rápidamente en las tareas de reconstrución para las que recibieron una importante ayuda de la Corona y abrieron el camino a una etapa de bonanza económica y demográfica que reflejó en 1797 el botánico Cavanilles en sus "Observaciones sobre la Geografía, Historia Natural, Agricultura, Población y Frutos del Reyno de Valencia" cuando señaló que el terremoto no significó ningún un obstáculo para el desarrollo de un pueblo que basó su extraordinario crecimiento de la segunda mitad del siglo XVIII en la pujanza de sus industrias de paños de lana en las que trabajaba la mayoría de la población local, algo inusual en tiempos preindustriales en casi todo el país.

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El crecimiento urbanístico como consecuencia del económico y del demográfico se puede constatar en la creación a finales del siglo XVIII de calles como la de San Ramón, San Jaime, San Antonio de Padua, San Jerónimo, Santo Tomás, Desamparados, Santa Teresa, del Pilar y San Vicente.

El Señorío de Enguera que era propiedad del Conde de Puñonrostro desde 1731 pasó en 1772 a la Condesa de Estepa, quién lo vendió en 1800 al Conde de Cervellón que lo conservó hasta la disolución del régimen señorial en 1837 e inició a continuación un largo pleito con el ayuntamiento sobre la propiedad de los montes del término municipal que duró hasta 1870 en que los tribunales resolvieron en favor del común de vecinos.

Durante el primer tercio del siglo XIX se produjo una tendencia hacia la ralentización del crecimiento económico y demográfico en lo que influyó una coyuntura de gran inestabilidad política y social en todo el país que aquí tuvo como puntos de referencia la ocupación francesa durante la Guerra de la Independencia (1808-1813) y los ataques de las partidas carlistas a la villa (hubo cuatro en 1836)en el transcurso de la Primera Guerra Carlista (1833-1840).

La desamortización de los bienes del clero regular, aprobada por el gobierno del liberal progresista Mendizábal en 1836, conllevó la exclaustración del frailes del convento de carmelitas descalzos y la expropiación de sus tierras, del claustro e instalaciones anexas al convento, que pasaron a control del municipio.

Las autoridades locales, preocupadas por la tendencia al estancamiento de la economía enguerina, impulsaron para relanzarla una feria anual de ganado y comercio que comenzó a celebrarse en 1837, situada entre los días del 12 al 15 de octubre, que serían cambiados en 1846 a los días de las fiestas locales entre el 29 de septiembre y el 2 de octubre, cambio que resultó insatisfactorio en términos de asistencia y económicos, razón por la que volvieron a promover un nuevo cambio en 1855 al pasarla a los días ubicados entre el 25 y el 27 de julio, cambio que tampoco resolvió los problemas por lo que la feria acabó desapareciendo posteriormente.

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La situación de declive económico en la que entró la villa en la segunda mitad del siglo XIX a causa de la crisis de las manufacturas laneras llevó a algunos empresarios a tomar conciencia de la necesidad de modernizar las industrias, fruto de lo cual fue la creación en 1865 de la "Sociedad del Vapor San Jaime" en una iniciativa que fue insuficientemente seguida por la mayoría de industrias locales que mantuvieron sin apenas modernizar sus estructuras productivas de carácter artesanal.

La agricultura enguerina comenzó a superar a mediados del siglo XIX la situación de estancamiento en la que estaba inmersa desde el siglo anterior debido a su situación de dependencia de las manufacturas laneras a las que complementaba con una producción predominantemente cerealística, cuya finalidad radicaba en mantener bajo el precio del pan para hacerlo asequible a los salarios de los trabajadores.

En las décadas finales del siglo XIX la recuperación de la actividad económica agraria se puso de manifiesto en la disminución de la superficie destinada al cultivo de cereales, hasta entonces claramente mayoritario en el término municipal,mientras que se incrementaba de forma notable la destinada al cultivo de la vid hasta que la crisis de la filoxera arruinó los viñedos en los inicios del siglo XX, momento en que se inició la expansión del olivo que se acabó convirtiendo a lo largo del siglo XX en el cultivo dominante en la agricultura local.

La actividad industrial recuperó su primacía en la economía enguerina a partir de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) ya que los industriales supieron aprovechar la apertura en inmejorables condiciones de los mercados exteriores (neutralidad de España en el conflicto bélico, disminución de la competencia), hecho que quedó significativamente reflejado en la fundación de la fábrica de mantas más emblemática de nuestro pasado más reciente : "Piqueras y Marín,S.A.", que lideró el sector y la economía local hasta 1978.

Vicente Sanz
Historiador y Cronista de Enguera

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